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Hola, queridos lectores, aquí os dejo el primer capítulo de mi libro, y por favor,
comentar que os ha parecido en los comentarios, gracias!:D
Capítulo 1: la chaqueta
Me dispongo a salir por la puerta, pero siento un escalofrío a tocar al picaporte.
Mierda, la chaqueta.
-Hola preciosa, estás increíble- me dice, como si él no estuviese guapo.
Me he quedado sin habla, me gustaría poder decirle tu también,
pero me paralizo, sonrío y lo único que sé hacer es sonrojarme y mirar hacia abajo,
como una tonta.
- no bajes la cabeza, que se te va a caer la corona, princesa- me susurra al oído,
con una voz aterciopelada y tranquila.
No quería que este momento acabase, no quería ir a aquella estúpida fiesta,
quería quedarme con él, ahí,
solos, sin nadie que nos moleste ni nos mire.
Le miro a los ojos, color caramelo, mi color favorito, y brillan, brillan mucho.
-Te quiero- es lo único que alcanzo a decir- pero ahora tengo que ir a por mi chaqueta,
o voy a morir congelada- sonrío, le beso en la mejilla
y me giro para volver a entrar a mi casa a por la chaqueta.
No sé cual coger, con mi vestido blanco,
y mis zapatos de tacón beis, (para estar a su altura, es decir,
unos siete centímetros más baja que él) creo que no me pega la
chaqueta rosa, ni la azul, mejor cojo la marrón, creo que es la más discreta.
Bajo las escaleras a toda pastilla, y casi me caigo en el penúltimo escalón,
pero ya estaba el ahí para sujetarme, era increíble.
Sabía cómo, cuando y donde tenía que estar, era... era él.
-Gracias- digo, sonrojada.
-Tiene usted que tener más cuidado señorita-dice, y los dos reímos.
Me abre la puerta del coche y la cierra cuando me he sentado,
da la vuelta y se sienta en el asiento del conductor,
no hay una sola palabra durante el trayecto,
simplemente me limito a no dejar de mirarlo,
cuando él está tan concentrado conduciendo.
Aparca su Renault en uno de los pocos aparcamientos que quedan libres,
y eso que hay más de cincuenta.
Continúo mirándolo, y se da cuenta. Sonríe.
-No es a mi a quien hay que mirar.
-Sólo espero que acabe pronto...-digo, aunque después me arrepiento.
-Podemos irnos si no qu...- le pongo el dedo en la boca
y muevo la cabeza, impidiéndole terminar.
Me sabía esa frase de memoria “no tenemos por qué ir si a ti no te apetece”
me la lleva recordando desde
que repartieron los folletos en el instituto...
Pero sé que a él le hace mucha ilusión, por lo que no dudé en decir que si iría.
-Venga entremos, ya ha llegado todo el mundo.
Se bajó del coche y yo abrí mi puerta, pude ver de reojo que el
me negaba con el dedo, y no pude evitar sonreír.
Me dio la mano, y me ayudó a bajar.
Todos los chicos estaban vestidos con trajes de etiqueta,
las chicas con palabras de honor, y tacones con plataforma de
al menos diez centímetros de alto.
Los míos no tenían punto de comparación con ellos,
ya que medían cinco centímetros.
Cruzamos el aparcamiento que hay hasta el edificio,
y entramos por las grandes puertas que hay abiertas.
Todo está lleno de colores producido por el papel ce
lofán que le han pegado a la bola de discoteca.
Siento que allí no encajo, quiero irme, quiero salir de
allí y no acercarme a un radio de siete kilómetros...
Pero algo me detiene.